Hoy os queremos contar una historia bella y dulce a la vez, la historia del Cristo de las Mieles de Sevilla, una historia que no os dejará indiferente y ahora que comenzamos el mes de noviembre seguro que si os acercáis en estos días por la capital hispalense querréis conocer con mayor detalle.

Había un escultor que  tallaba imágenes, para las iglesias de Sevilla, pero el último Cristo lo talló con las piernas al contrario, lo hizo con la pierna izquierda sobre la derecha, al contemplar la obra terminada observó el fallo,  y su negligencia se pagó con su muerte, ya que aquel escultor le afectó tanto que se ahorcó, lo encontraron en su estudio colgado de una cuerda y sin vida. Las gentes de aquella época pensaron que el mejor homenaje para aquel hombre de Dios era enterrarlo en el centro del cementerio y como cruz o lápida, el Cristo que tanto tiempo tardó en tallar, y así lo hicieron y el Cristo que el malogrado escultor talló, preside su tumba.
Fueron pasando los años, y tras una década, el guarda del cementerio observó que el Cristo lloraba, los responsables del Vaticano fueron a verlo y efectivamente lloraba, de sus ojos caían lagrimas de miel y todos se preguntaron por qué, incluso llegaron a pensar que era el escultor llorando su pena, dulce pena  ya que sus lágrimas eran pura miel de abeja.

Al reconocer la imagen en profundidad se vio que el milagro lo hacían una abejas, ya que aquel escultor talló hueco al Cristo para que no pesara demasiado y unas abejas hicieron colmena dentro y de ahí las lágrimas, los ojos se tallaron tan finos que quedaron aberturas dentro de él y por ahí caía la miel.

Desde entonces fue bautizado con el nombre del Cristo de las Mieles y cada día 1 de noviembre, muchos sevillanos y sevillanas, van a recoger lágrimas de miel para recordar la dulzura de aquel escultor Sevillano que yace en el cementerio municipal.

¿Qué te ha parecido nuestra historia? Por lo menos curiosa y original, ¿verdad?